sábado, 20 de marzo de 2010

Blas de Otero

Puede que no esté de moda. O que los veintiún años que han pasado desde su muerte no sean tiempo suficiente para ponerle la etiqueta de clásico. En cualquier caso, suele pasar de puntillas, suele ser olvidado en las listas de poetas imprescindibles. A mí me parece que tiene un don muy preciado y poco común: la hondura, la profundidad, la ambición por llegar hasta el fondo de la herida.

Él buscaba el verso que supiese parar a un hombre en medio de la calle, un verso en pie que hasta diese la mano y escupiese. Y encontró más que eso. Tiene un verso que llora, que se desespera, que explica lo inexplicable con claridad. Un verso que también sonríe y que señala al cielo con el dedo de acusar, y que te agarra de las solapas no para hablarte de él, sino de nosotros.

La semana pasada, buscando una cita para mi próximo libro, me dí cuenta de la cantidad de poemas que le debo. No hay poeta que me explique mejor mi propio desarraigo, la sacudida del vértigo de estar vivo, y que me recuerde como él que la poesía, la literatura, es algo más que una anécdota compartida que reconocemos y que nos explica vagamente. Siempre algo más.

Dos versos suyos abrirán Calle del mar, del que ya hablaremos otro día. Yo seguiré, cada cierto tiempo, quitando el polvo a mi volumen de Ancia. Incluso cuando esté de moda.



esta angustia de ser y de sabernos
a un tiempo sombra, soledad y fuego.


Soledad, Blas de Otero.

2 comentarios:

  1. "te agarra de las solapas no para hablarte de él, sino de nosotros."
    Lo sentí exactamente así la primera vez que leí "A la inmensa mayoría".
    Me dio miedo que alguien que no me había visto nunca me conociera tan bien.

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  2. Es una de sus grandes virtudes. Pocos poetas pueden, a veces con formas tan clásicas como el soneto, ser tan cercanos, tan modernos. Lo que demuestra que la clave no está en la forma, sino en cómo se emplea.

    Un saludo.

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