sábado, 24 de julio de 2010

Mark Knopfler: una noche de verano.

El concierto arrancó frío. Durante las dos primeras canciones, incluso se diría que algo estaba fallando. Mejoró enseguida, pero parecía como si los presentes todavía estuviéramos pendientes del calor brutal del Pavelló Olímpic de Badalona, o de las vicisitudes que habíamos padecido para llegar hasta allí. Sonaba Sailing to Philadelphia o What is it y sonaban bien, las conocemos y nos gustan, pero faltaba algo.


Entonces, exactamente después del quinto tema, sucedió: Romeo and Juliet. Sólo hicieron falta tres o cuatro notas, un fraseo delicado de guitarra acústica que sacudió de repente el Palau. Fue como si, de golpe, todo el talento y la belleza que habíamos venido a buscar casi sin saberlo se hicieran presentes en el aire. Un milagro capaz de conseguir que diez mil personas se estremezcan a la vez, en la misma milésima de segundo. Esa sensación no puede durar mucho, apenas algún minuto, pero algo de aquél chispazo quedó en el aire ya toda noche, y variando su intensidad según el momento, nos acompañó hasta el final del concierto.


No importa tanto que algunos hubiéramos cambiado alguna canción del setlist, o que los catorce temas en dos horas acabaran dejándonos con ganas de más. Habíamos tocado un milagro.