jueves, 25 de marzo de 2010

La luz y lo oscuro

Han salido a la venta con apenas unas semanas de diferencia. Por un lado, los poemas de luz de Drexler. Por otro, la oscuridad detenida en Bunbury.

Amar la trama es un disco que está casi a la altura del mejor disco de Jorge Drexler, aquél inolvidable Eco. La poesía cuidada y el concepto musical a la vez armónico y experimental, hacen de cada tema una canción inteligente y a la vez un suspiro de belleza y sensibilidad de poco más de tres minutos. No estamos acostumbrados a los artistas que conjuguen ese sentido de la exigencia y la inspiración sin excusas ni repeticiones. Se toma en serio y con responsabilidad su trabajo. Sabe que no basta con hacer canciones. Cada tema es una ráfaga de luz inundando la habitación. Un talento desatado, en madurez, en su mejor momento. En el link, una obra maestra: toque de queda, curiosamente la menos luminosa del álbum, eso sí.

Al otro lado, Bunbury. Es cierto que su Consecuencias está más lejos de sus mejores álbumes (la maravilla de Pequeño) que en el caso de Drexler. Pero hay algo en este disco que mejora los anteriores. Una suerte de lentitud, de paz en la derrota. Hay menos estridencia y huele más a verdad que los dos discos anteriores. Eso sí: es un disco oscuro, un disco peligroso para estómagos delicados. Sin ambages ni medias tintas.

Dos trabajos muy diferentes. La luz y lo oscuro. Pocos tan interesantes nos deparará lo que queda de año. A disfrutarlos.


http://www.youtube.com/watch?v=sMv3fpKcBh8&feature=related

martes, 23 de marzo de 2010

Postal desordenada

La música avanza como un perro asustado, asoma y esconde el hocico a intervalos, rumbo al silencio. Aún no ha oscurecido del todo. Voy a improvisar una carta en voz alta y cuando la termine desaparecerá, será imposible que jamás la redacte y te la mande porque este instante habrá muerto. Conduzco a ciento veinte kilómetros por hora entre enormes extensiones de nada en absoluto. Esta penumbra podría esconder un desierto, pero también puede que viaje entre campos sembrados de un trigo invisible.
Hace frío, pero siento que arde mi cabeza mientras se mueve en un zigzag azaroso, entre la memoria y el camino. La mayor parte de las imágenes que nunca olvidaré habitan en los libros, pero no me puedes negar que también me pertenecen. Como las lágrimas de Natasha, o las lágrimas de Eugene. Como tus lágrimas, que son tan reales como las de los libros.

Todo se confunde. Una tarde de 1993 aprendí un poema que he olvidado. Los faros de este coche han decidido clavarse en el futuro más inmediato, pero yo me detuve en la tarde anterior a esta tarde, dispuesto a despedirte con mi sonrisa de asesino ilustrado y tímido. ¿ Sabes que lo peor que puede hacerte una novela es tomarte por estúpido? En esos casos es mejor no discutir, pero tampoco lanzarla al fuego. Simplemente déjala observando en un rincón poco vistoso de la librería, y cuando se presente la ocasión, regálasela a alguien a quien no quieras, en quien ni siquiera confíes. Eso es. Abandónala a su suerte. Te aseguro que tú también sabrás hacerlo.

La memoria podría ser un espejo, pero es el filo de una navaja. Demasiado estrecha para devolver nuestra imagen, apenas un hilo de luz para rehacer el instante. En ocasiones su punta afilada nos alcanza el costado, y en vez de sangrar nos quedamos perplejos, buscamos a un lado y a otro, y no encontramos nada. Pasan unos segundos, tragamos saliva. Reanudamos el camino.

Cuando llegue el dolor estarás muy lejos. Ya ha caído la noche como un terrón de azúcar negro en el café, la oscuridad diluyéndose en sí misma, disolviéndose a cada segundo, y en el centro un coche, una música asustada, un tipo conduciendo contra el olvido, una carta como una plegaria secreta que se perderá aquí, que desaparecerá sin rastro en el infinito cajón de las cosas que no suceden.

Pero no te preocupes. Pronto todo perderá importancia. Dicen que la vida no es más que un breve ejercicio de estilo literario.



Publicado en la revista "La Bolsa de Pipas", nº62 (julio-septiembre 2006)

sábado, 20 de marzo de 2010

Blas de Otero

Puede que no esté de moda. O que los veintiún años que han pasado desde su muerte no sean tiempo suficiente para ponerle la etiqueta de clásico. En cualquier caso, suele pasar de puntillas, suele ser olvidado en las listas de poetas imprescindibles. A mí me parece que tiene un don muy preciado y poco común: la hondura, la profundidad, la ambición por llegar hasta el fondo de la herida.

Él buscaba el verso que supiese parar a un hombre en medio de la calle, un verso en pie que hasta diese la mano y escupiese. Y encontró más que eso. Tiene un verso que llora, que se desespera, que explica lo inexplicable con claridad. Un verso que también sonríe y que señala al cielo con el dedo de acusar, y que te agarra de las solapas no para hablarte de él, sino de nosotros.

La semana pasada, buscando una cita para mi próximo libro, me dí cuenta de la cantidad de poemas que le debo. No hay poeta que me explique mejor mi propio desarraigo, la sacudida del vértigo de estar vivo, y que me recuerde como él que la poesía, la literatura, es algo más que una anécdota compartida que reconocemos y que nos explica vagamente. Siempre algo más.

Dos versos suyos abrirán Calle del mar, del que ya hablaremos otro día. Yo seguiré, cada cierto tiempo, quitando el polvo a mi volumen de Ancia. Incluso cuando esté de moda.



esta angustia de ser y de sabernos
a un tiempo sombra, soledad y fuego.


Soledad, Blas de Otero.

jueves, 18 de marzo de 2010

Bienvenida: intenciones

Hola a todos:

Este espacio no quiere ser un púlpito personal para proclamas que nadie escucha. Quiere ser la mesa del bar, el encuentro feliz en mitad del paseo, la larga sobremesa en casa del amigo hablando de lo que más nos gusta: aquella canción, el nuevo libro, el último viaje. Todo lo que nos interesa tiene su lugar. Evidentemente, las reglas del juego imponen que el autor proponga. Pero vuestros comentarios deciden qué es este blog.

Empezamos pronto, os espero a todos. Bienvenidos.