jueves, 25 de noviembre de 2010

La prensa del jueves

Ana María Matute gana el Cervantes y yo me alegro, seguramente también porque recuerdo el verano en que leí su Pequeño teatro, cuando las tardes se detenían y parecía que la vida era algo que no iba a pasar nunca. Así que esbozo una sonrisa, giro la página del periódico y veo que Carlos Ruíz Zafón también se alegra. Hasta ahí, sólo una mueca. Enseguida, el que se alegra también es Juan Manuel de Prada. Tengo dos libros del señor De Prada en la estantería: el primero me gustó y no pasé de las veinte páginas del segundo. Ahora sale mucho en televisión. Llevo unos días con ganas de conseguir su dirección y enviarle los dos libros, con una nota diciendo que en su día me los compré, pero que no me apetece nada tenerlos ahora en casa. Puede que me esté convirtiendo yo también en un dictador, pienso luego. Luego aparece Soledad Puértolas, y escapo rápidamente a la sección de deportes, donde aterrizo frente a Jose Mourinho. Cierro el diario de golpe.

La vista cae entonces en el libro que tengo sobre la mesa. Houellebecq, otro gran premio reciente del país vecino. Recuerdo páginas y páginas sobre l'enfant terrible, el agitador de conciencias, la última revolución francesa de lo políticamente incorrecto. Y abro Las partículas elementales, buscando algo en la lectura de estos días que me haya incomodado, algo, al menos, que tildar de novedoso o inteligente.

Ana María Matute ha ganado el Cervantes y yo, como Zafón o De Prada, me alegro, aunque su Pequeño teatro esté tan lejos, tan cerca...

jueves, 18 de noviembre de 2010

Berlanga.

Sólo hay dos formas de hacer las cosas: con talento o sin él.
Pensemos en el cine español de principios de los cincuenta, de los sesenta o incluso de los setenta. Entre los frailes con escobas, los niños y niñas rompiendo los tímpanos del respetable y el humor (¿?) del destape, pasamos de la dura posguerra a la alegre transición.
Y en mitad de la nada, el milagro de Berlanga. Ironía, desfachatez, inteligencia. Sus diálogos corales, que no permiten un descanso al espectador sin que se pierda algo genial, sólo son comparables a los hermanos Marx, al mejor Jean Renoir (tengo que volver a ver La regla del juego) o al Billy Wilder de Un, dos, tres. Si pestañeas, tú te lo pierdes.
¿Que exagero un poco? Puede ser. Pero es lo que se merece la gente que hace las cosas con talento.